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Nurit Rozenblat

El viaje hacia la eternidad · Novela filosófica de Nurit Rozenblat

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Capítulo veintiocho — La vida antes de la vida

Cuando entré en el taller de Naama, ella estaba frente al mapa antiguo.

Las dos firmas que habíamos descubierto aún flotaban sobre la mesa. Una era clara, tan antigua que no habíamos logrado determinar cuándo se había creado. La otra parecía como si alguien hubiera intentado borrarla, pero no hubiera conseguido eliminar del todo sus rastros.

—¿Encontraste algo? —pregunté.

—Encontramos el lugar donde se conserva el documento original —respondió—. Adra está intentando conseguirnos acceso.

—¿Y cuánto tardará?

—No lo sé.

Me acerqué al mapa.

Durante mucho tiempo nos habíamos dedicado a intentar comprender cómo se habían construido los pasajes, quiénes se habían quedado atrás y por qué una petición antigua seguía activa incluso ahora.

Pero en ese momento me costaba concentrarme.

Tenía la mente ocupada en otra cosa.

—Naama, quiero volver un rato al mundo humano.

Se volvió hacia mí.

—¿Ha pasado algo?

—No. Simplemente quiero ver mi casa.

—La echas de menos.

Asentí.

—Muchísimo.

Me miró.

—Entonces ve. Nosotras seguiremos trabajando y, cuando vuelvas, te contaré lo que hayamos descubierto.

—No quiero dejar a todos atrás.

—No los estás dejando. Vas de visita.

Sonreí.

Tenía razón.

Me había acostumbrado a pensar que cada decisión mía tenía que estar relacionada con el gran viaje, como si no pudiera hacer algo simplemente porque me apetecía.

Pero quería ver a mis hijos.

No necesitaba una razón mejor.

Antes de irme, pedí hablar con Aila.

Naama abrió el canal de comunicación hacia el espacio aislado.

—Hola —se oyó su voz.

—Hola, Aila. ¿Cómo te sientes hoy?

—Creo que empiezo a acostumbrarme a mi nombre.

Sonreí.

—Es bueno.

—Tama y yo volvimos a hablar.

—¿De qué?

—De cosas que no recordamos.

—Suena difícil.

—A veces. Pero ayer también hablamos de cosas que nos gustaría hacer.

—¿Como qué?

—Ver árboles.

—¿Árboles?

—Sí. Recuerdo algo relacionado con el viento y las hojas. No sé de dónde viene ese recuerdo, pero quiero ver un árbol de verdad.

Miré por la ventana del taller.

—Voy a viajar a un lugar donde hay muchos árboles.

—¿De verdad?

—Sí.

—Entonces, cuando vuelvas, ¿me contarás cómo son?

—Con mucho gusto.

—Y cómo suenan cuando el viento pasa entre ellos.

—Eso también.

Se quedó callada un momento.

—Sabes, ya no estoy segura de querer recuperar todos mis recuerdos de golpe.

—¿Por qué?

—Porque ahora hay cosas que me gustan aunque no recuerde de dónde vienen.

Reflexioné sobre sus palabras.

—Quizá sea bueno que puedas elegir tu propio ritmo.

—Sí.

Se rio suavemente.

—Pero sigo queriendo ver los árboles.

—No lo olvidaré.

Liara me esperaba fuera del taller.

—Naama me dijo que te vas de viaje.

—Por poco tiempo.

—¿Quieres que te acompañe?

Lo pensé.

Me habría gustado mostrarle el mundo en el que había vivido. Las calles, el mar, los lugares por los que había pasado tantas veces sin pensar que tuvieran nada especial.

Pero también quería estar a solas con mis recuerdos.

—Esta vez creo que iré sola.

Liara asintió.

—Entonces me lo contarás cuando vuelvas.

—Hay muchas cosas que me gustaría mostrarte.

—Tendremos oportunidades.

Sonreí.

Me gustó aquella frase tan sencilla.

Tendremos oportunidades.

No tenía que hacerlo todo ahora.

Cuando llegué al mundo humano, el sol ya empezaba a ponerse.

La calle me resultaba familiar.

Los coches aparcados, los árboles a lo largo de la acera, la luz que salía por las ventanas de las casas.

Hasta el lejano ruido del tráfico me emocionó.

Me detuve frente a mi casa.

Es extraño cuántas cosas se pueden recordar de un mismo lugar.

Sabía dónde crujía un poco el suelo, en qué cajón estaban los utensilios que usaba a menudo y qué ventana dejaba entrar la primera luz de la mañana.

Entré.

Desde la cocina llegaban voces.

Uno de los niños hablaba deprisa.

Otro se reía.

Oí a mi marido preguntar algo y a la mujer que vivía en mi cuerpo responderle.

Me acerqué.

Estaban todos allí.

Por un instante quise llamarlos.

El impulso fue tan fuerte que casi olvidé que no podían oírme.

Mi hija estaba sentada a la mesa y contaba algo que la preocupaba.

La mujer la escuchaba.

Se parecía a mí.

Los mismos ojos, las mismas manos, el mismo pelo.

Pero cuanto más la observaba, más notaba pequeñas diferencias.

Se sentaba de otra manera.

Reaccionaba de otra manera.

Esperaba más antes de responder.

Ya tenía experiencias que yo no había vivido.

Pensé en todo lo que me había pasado desde que nos separamos.

Ella había seguido con su vida humana.

Yo había seguido mi viaje entre los mundos.

Las dos nos habíamos alejado de aquel mismo punto, y cada una se había convertido en alguien un poco distinto.

Uno de mis hijos se acercó a ella y la abrazó por detrás.

Ella le puso las manos en los brazos.

Aquel pequeño gesto me dolió.

Quería sentir el abrazo.

El peso de los brazos.

El calor.

No solo verlo.

Me acerqué a ellos.

Estaba tan cerca que, si hubiera tenido cuerpo, habría podido tocarlos.

Pero no podía.

Aun así, no quería alejarme.

Escuché la conversación.

Las risas.

La pequeña discusión que surgió por algo sin importancia.

A alguien que pedía comida.

A otro que se quejaba de estar cansado.

Esa era mi vida.

O, al menos, la vida que conocía.

Seguía adelante, llena de pequeñas cosas, mientras yo descubría mundos cuya existencia ignoraba.

Por un instante me pregunté qué les habría contado si hubieran podido verme.

¿Cómo les habría explicado la ciudad de las conciencias?

¿El Árbol de la Eternidad?

¿A quienes habían vivido durante tanto tiempo que el tiempo había perdido para ellos su significado habitual?

Quizá no les habría contado nada.

Quizá simplemente me habría sentado a su lado y les habría preguntado cómo les había ido el día.

Me quedé en casa hasta que anocheció.

Recorrí las habitaciones.

Había objetos nuevos que no conocía.

Un cuadro que habían cambiado.

Un libro colocado en otro sitio.

En uno de los estantes vi un pequeño objeto que me recordó un día concreto del pasado.

Me quedé frente a él y sonreí.

No sabía cuánto tiempo había pasado para mí desde aquel día, pero en el mundo humano seguía formando parte de los recuerdos de la familia.

En el dormitorio encontré a la mujer sentada sola.

Miró su teléfono, lo dejó a un lado y cerró los ojos.

Me acerqué.

Quería saber si era feliz.

No tenía forma de preguntárselo.

Y quizá, aunque hubiera podido, no habría tenido una respuesta sencilla.

Al fin y al cabo, cuando yo vivía en aquel cuerpo, tampoco era feliz a cada momento.

Había días buenos y días menos buenos.

Preocupaciones.

Añoranza.

Momentos de alegría que no esperaba.

La observé y pensé que quizá ya había aprendido cosas que yo no había tenido tiempo de aprender.

Y quizá algún día podríamos contarnos los distintos caminos que habíamos recorrido.

Aquel pensamiento me despertó la curiosidad.

No quería quitarle su vida.

Quería conocer a la mujer en la que se había convertido.

Al salir de la casa, me detuve junto a la puerta.

No sentía que me estuviera despidiendo de ella.

Sabía que podía volver de visita.

Pero quería seguir con mi viaje.

Aún había lugares que no había visto.

Preguntas que no había hecho.

Conciencias a las que había prometido ayudar.

Y, sobre todo, tenía la extraña sensación de que lo que habíamos descubierto últimamente iba a conducirnos a algo más grande.

En vez de volver de inmediato a la ciudad, me dirigí a la arboleda.

No lo había planeado de antemano.

Simplemente quería volver a ver el árbol.

Cuando llegué, la última luz del día rozaba las ramas.

La arboleda estaba en silencio.

Los árboles se mecían con el viento y las hojas producían un suave susurro.

Pensé en Aila.

Escuché con atención.

Quería recordar el sonido para poder describírselo.

Me quedé frente al árbol antiguo.

El árbol del que había comido el fruto.

Por un instante sonreí para mis adentros.

Cuánto había cambiado mi vida desde aquel día.

Entonces no sabía nada de la ciudad, de las conciencias, de los pasajes ni del mundo más allá del cuerpo.

Solo quería entender.

La curiosidad no me daba tregua.

Entonces oí una voz familiar.

—Has vuelto.

El pájaro plateado estaba posado en una rama baja.

Lo miré con sorpresa.

—Pensé que quizá te encontraría aquí.

—¿Y por qué me buscabas?

—Tengo preguntas.

Inclinó la cabeza.

—Eso no ha cambiado.

Sonreí.

—Parece que no.

Me senté en la piedra que había bajo el árbol.

—Vi mi casa —le conté.

El pájaro escuchó.

—¿Y cómo te sentiste?

—Feliz. Triste. La echo de menos. Un poco celosa. Todo a la vez.

—¿De quién estabas celosa?

—De la mujer que vive en mi cuerpo. Puede abrazar a mis hijos.

El pájaro guardó silencio.

—Pero también me alegra que esté allí —continué—. Me necesitan como madre. Y ella los quiere.

—¿Y tú?

—Yo también.

—Entonces tienen dos conciencias que los quieren.

Lo pensé.

—Sí. Pero solo una puede estar con ellos.

El pájaro miró las ramas.

—¿Todavía quieres vivir en un cuerpo?

—A veces, muchísimo.

—¿Y quieres renunciar a lo que has descubierto?

—No.

Movió la cabeza.

—Entonces quieres dos cosas que no siempre pueden coexistir.

—Es verdad.

—¿Y qué harás?

Lo miré.

—Seguiré buscando la manera de vivir con eso.

El pájaro no respondió.

Al cabo de un rato pregunté:

—¿Recuerdas el día que nos conocimos?

—Sí.

—¿Sabías entonces lo que me iba a pasar?

—Sabía lo que el fruto podía hacer posible.

—Pero no sabías lo que yo elegiría hacer.

—No.

Miré el árbol.

—Pensé que me había concedido la vida eterna.

El pájaro guardó silencio.

—¿No fue eso lo que ocurrió?

Me miró durante largo rato.

—No exactamente.

Me acerqué.

—¿Qué quieres decir?

—El fruto no creó lo que eres ahora.

—Entonces, ¿qué hizo?

—Te permitió volver a un estado de existencia que ya había sido tuyo.

Lo miré.

—¿A qué pasado?

—A un pasado que no recuerdas.

Por un instante no lo entendí.

—¿Te refieres a mi vida humana?

—No.

—¿Entonces a qué?

El pájaro bajó de la rama y se posó en la piedra a mi lado.

—Existías antes de nacer como mujer humana.

Lo miré.

No conseguí responder.

Las palabras eran sencillas.

Pero su significado era demasiado vasto para que pudiera comprenderlo de inmediato.

—¿Antes de nacer? —pregunté al fin.

—Sí.

—¿Cómo?

—Como conciencia.

—¿Como las conciencias que conocí en la ciudad?

—En algunos aspectos.

—Entonces, ¿por qué no lo recuerdo?

El pájaro guardó silencio.

—¿Qué me pasó?

—Elegiste vivir una vida humana.

Lo miré.

—¿Lo elegí?

—Sí.

—Pero recuerdo haber nacido, haber crecido, haber tenido padres, una familia, una vida entera.

—Todo eso ocurrió.

—Entonces, ¿cómo pude elegirlo antes de que empezara?

—Porque ya existías.

Me levanté de la piedra.

Di unos pasos y volví.

—No lo entiendo.

—Lo sé.

—¿Por qué alguien que vive eternamente querría nacer como persona?

El pájaro me miró.

—Porque hay cosas que cuesta comprender cuando no tienen fin.

Me quedé frente a él.

—¿Dices que quería comprender la muerte?

—Entre otras cosas.

—Entonces, ¿elegí nacer para morir?

—No. Elegiste vivir una vida en la que la muerte era posible.

Pensé en lo que había dicho.

—¿Y qué diferencia hay?

—En una vida así no sabes cuánto tiempo te queda. Tomas tus decisiones dentro de esa incertidumbre.

Miré los árboles.

Recordé todas las veces que había tenido prisa.

Todas las veces que había pensado que no me quedaba suficiente tiempo.

Las personas a las que quería volver a ver.

Las cosas que pensaba hacer algún día.

—Pero ¿por qué tenía que olvidar lo que había sido antes?

—Porque lo pediste.

Me volví hacia él.

—¿Pedí olvidar?

—Sí.

—¿Por qué?

—Querías vivir sin saber de antemano qué había más allá de la vida humana.

Guardé silencio.

—Si hubieras recordado tu existencia anterior, habrías vivido la vida humana de otra manera —continuó—. Quizá habrías sabido que la muerte no era necesariamente el final. Quizá habrías afrontado la pérdida de otra forma.

—Pero aun así habría amado.

—Por supuesto.

—Y aun así habría sufrido.

—Es posible.

—Entonces, ¿por qué era tan importante?

El pájaro me observó.

—Quizá porque querías saber cómo es la vida cuando no sabes qué vendrá después.

Volví a sentarme.

Pensé en mi infancia.

En mis padres.

En las personas a las que quería.

En mi hermano.

En mi madre.

En todos los que había perdido.

No podía pensar en ellos como parte de un experimento.

Eran personas reales.

El dolor era real.

El amor era real.

—No quiero pensar en mi vida como en algo que planeé para aprender una lección —dije.

—Entonces no pienses en ella así.

—Pero dices que la elegí por alguna razón.

—Elegir entrar en una vida no determina de antemano todo lo que ocurrirá en ella.

Lo miré.

—Entonces, ¿no sabía quiénes serían mis hijos?

—No tal como llegaste a conocerlos después.

—¿Y no sabía a quién amaría?

—No a todas las personas que conocerías.

Sentí alivio.

Me resistía profundamente a la idea de que mi vida humana hubiera sido una historia escrita de antemano.

Quería saber que el amor había surgido del encuentro mismo.

Que incluso las pequeñas decisiones habían sido mías.

Que la vida no era solo un medio para llegar a un resultado conocido.

—Entonces, ¿el fruto me devolvió a lo que había sido antes?

—Abrió ante ti la posibilidad de regresar.

—Pero mi cuerpo siguió viviendo.

—Sí.

—¿Y la mujer que vive en él ahora?

—Sigue con su vida.

—¿Sabías que ocurriría?

El pájaro guardó silencio.

—No sabía todos los detalles.

—Entonces tú tampoco lo sabes todo.

—Nunca he dicho que lo sepa.

Sonreí.

—A veces hablas como si lo supieras.

—Quizá me oyes así.

Negué con la cabeza.

—A veces sigues sacándome de quicio.

El pájaro emitió un breve sonido que casi parecía una risa.

Al cabo de un rato pregunté:

—¿Quién era antes de nacer?

El pájaro se quedó callado.

—¿Tenía nombre?

—Sí.

—¿Tenía amigos?

—Sí.

—¿Conocía la ciudad?

—Conocías muchos lugares.

—¿Y a ti?

Me miró.

—Sí.

Sentí emoción.

—Entonces me conocías antes de que nos encontráramos en la arboleda.

—Desde mucho antes.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Porque me pediste que no te lo contara hasta que eligieras saberlo.

Lo miré.

—Y ahora elijo saberlo.

El pájaro guardó silencio.

—Entonces, cuéntamelo.

—Hay cosas que puedo contarte y otras que tendrás que descubrir por ti misma.

—¿Por qué?

—Porque no todos los recuerdos pueden recuperarse con las palabras de otra persona.

Pensé en Aila.

En sus recuerdos.

En cómo intentaba entender cuáles de ellos le pertenecían de verdad.

—Pero al menos puedes decirme por qué elegí olvidar.

—Ya te he contado una parte de la razón.

—¿Hay algo más?

El pájaro no respondió de inmediato.

—Sí.

Sentí que despertaba mi curiosidad.

—¿Qué?

—Algo relacionado con la vida que tuviste antes.

—¿Algo malo?

—No sé si hoy lo describirías así.

Lo miré.

—Estás esquivando la pregunta.

—Estoy siendo cauteloso.

—¿Con qué?

—Con contarte quién eras antes de que puedas decidir qué quieres hacer con esa información.

Me quedé frente al árbol.

Podría haber seguido preguntándole durante mucho tiempo.

Pero algo dentro de mí me pedía que parara.

No porque no quisiera saber.

Todo lo contrario.

Quería saberlo muchísimo.

Pero por primera vez comprendí que descubrir algo sobre mi pasado podía ser más complejo que descubrir un lugar lejano.

Hasta entonces había preguntado qué había más allá del mundo.

Ahora tenía que preguntar qué había más allá de mis recuerdos.

—¿Hay registros de mi vida anterior? —pregunté.

—Sí.

—¿Dónde?

—En el lugar donde se conservan las decisiones tomadas antes de entrar en una vida humana.

—¿Se puede llegar allí?

—Es posible.

—¿Sabes cómo?

—Conozco parte del camino.

Lo miré.

—Entonces ayúdame a encontrarlo.

Negó con la cabeza.

—Cuando haga falta, te ayudaré en lo que pueda.

Sentí que me encontraba ante el comienzo de un nuevo viaje.

No sabía adónde me llevaría.

Pero quería emprenderlo.

Antes de marcharme, volví a mirar los árboles.

El viento pasó entre las ramas.

Recordé la promesa que le había hecho a Aila.

Me quedé quieta y escuché.

Las hojas no producían un único sonido.

Había susurros suaves, ramas que se rozaban, un movimiento que se intensificaba y luego se apaciguaba.

Pensé en lo difícil que sería explicarle algo tan sencillo.

Quizá tendría que encontrar la manera de mostrárselo.

Sin abrir un pasaje.

Sin llevársela de donde estaba.

Solo permitir que conociera algo nuevo, sin peligro.

—¿Vuelves a la ciudad? —preguntó el pájaro.

—Sí.

—¿Por qué?

—Hay gente que me espera allí. Y hay cosas que quiero entender.

—¿Y tu vida humana?

—Sigue siendo parte de mí.

—¿Incluso ahora que sabes que tuviste otra vida antes?

Lo miré.

—Sobre todo ahora.

El pájaro extendió las alas.

—Quizá estés empezando a entender algo.

—Quizá —respondí.

Se elevó de la rama y desapareció entre los árboles.

Cuando regresé a la ciudad, Liara fue la primera a quien vi.

Se acercó a mí sonriendo.

—¿Cómo te fue?

—Tengo muchas cosas que contarte.

—Entonces vamos.

Fuimos juntas al taller.

De camino le hablé de la casa.

De mis hijos.

De la mujer que vivía en mi cuerpo.

De los árboles de la arboleda.

Luego le hablé del pájaro.

De que había existido antes de nacer.

Liara se detuvo.

—¿Estás segura de que eso fue lo que dijo?

—Sí.

—¿Y le crees?

Lo pensé.

—Creo que sabe algo sobre mí que yo no sé. Pero quiero encontrar la manera de comprobarlo.

Liara asintió.

«Entonces lo comprobaremos».

Seguimos caminando.

«¿No te sorprende?» pregunté.

«Muchísimo».

«Entonces, ¿por qué estás tan tranquila?»

Ella sonrió.

«Porque aunque tuvieras una vida antes de conocernos, conozco a la persona que eres ahora».

La miré.

Sus palabras me conmovieron.

En el taller nos acompañaron Naama, Adra y Elia.

«Hemos encontrado el camino al archivo de los primeros edificios», dijo Adra. «Alguien ha autorizado el acceso a los documentos del antiguo sistema».

«¿Cuándo podremos ir?» pregunté.

«Mañana».

Naama abrió el mapa.

Las dos firmas aparecieron de nuevo.

«Aún no sabemos quién otorgó la autorización original», dijo. «Pero hemos encontrado un símbolo que también aparece en los registros de las siete conexiones».

Sobre la mesa apareció un círculo.

Dentro había siete puntos.

Seis de ellos estaban unidos por líneas.

El séptimo estaba solo.

Lo miré.

«¿Es esta la conexión que no autorizó la separación?»

«Es posible que el símbolo esté relacionado con ella», respondió Adra. «Pero aún no hemos comprobado el documento original».

Me acerqué.

«Hay algo que debo contaros».

Todos se giraron hacia mí.

Les hablé del pájaro.

De la vida anterior a la vida.

De la decisión de olvidar.

De que quizá existiera un registro de quién había sido antes de nacer.

Adra escuchó en silencio.

Elia me miró con atención.

Naama preguntó:

«¿Recuerdas algo de aquella época?»

«No».

«¿Y el pájaro te dio alguna señal o nombre?»

«No».

«Entonces tendremos que comprobar si existe tal registro, sin suponer que esté relacionado con el sistema que estamos investigando».

Asentí.

«Lo sé».

Naama se disponía a cerrar el mapa cuando una pequeña luz apareció en el borde del círculo.

El séptimo punto brilló.

«¿Qué es?» pregunté.

Naama examinó el símbolo.

«Es una respuesta del mecanismo de identificación del archivo».

«¿Una respuesta a qué?»

«No lo sé».

Aumentó la visualización.

Debajo del círculo apareció una línea.

Se había detectado una presencia con una coincidencia parcial con un registro anterior.

Adra se acercó.

«¿Qué presencia?»

Naama dudó.

«El sistema no lo indica».

Miré el símbolo.

Por un momento pensé en las palabras del pájaro.

En que había existido antes de nacer.

Pero no quería sacar conclusiones.

«¿Podemos comprobarlo?» pregunté.

«Sí», respondió Naama. «Pero primero tendremos que entender qué hace la comprobación y qué información revela».

Asentí.

«Entonces será lo primero que hagamos mañana».

Naama apagó el mapa.

La luz desapareció.

Salí con Liara a la calle.

La ciudad estaba llena de movimiento.

Las conciencias pasaban de edificio en edificio, las luces cambiaban sobre las plazas y, a lo lejos, vi un grupo de entidades congregándose alrededor de algo que no logré identificar.

Por un momento quise acercarme y descubrir a qué se dedicaban.

Liara se dio cuenta.

«¿Qué?» preguntó.

«Nada. Simplemente hay tantas cosas aquí que aún no conozco».

Ella sonrió.

«Entonces vayamos a ver».

Miré hacia el taller.

Mañana volveremos a investigar las antiguas estaciones.

Mañana quizá descubramos algo sobre mi pasado.

Pero esta noche quería ver un lugar nuevo.

Seguimos las luces.

No sabía quién había sido antes de nacer.

No sabía qué encontraría en el archivo.

Pero sentí de nuevo la misma curiosidad que me había llevado al árbol del huerto la primera vez.

Y esta vez no tuve que elegir entre la vida que ya había vivido y la que aún me esperaba.

Quería conocer ambas.

Final del capítulo veintiocho


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