
El viaje a la eternidad · Novela filosófica de Nurit Rozenblat
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Capítulo dieciocho — La vida que dejé atrás
A la mañana siguiente desperté con una sensación que no había conocido desde que llegué al Árbol de la Eternidad.
Tenía miedo de volver a casa.
No porque no quisiera ver a mis hijos. Al contrario. Los añoraba allá donde fuera, incluso en los momentos en que descubría mundos cuya existencia desconocía. Pero hasta aquella mañana, el hogar era un lugar que conservaba en mi memoria. Podía imaginarme las habitaciones, los sonidos, la luz del sol que entraba por las ventanas. Podía recordar a mis hijos tal como eran cuando me marché.
Ahora iba a descubrir qué les había pasado durante mi ausencia.
La mujer estaba sentada bajo el árbol, con las rodillas pegadas al pecho. Llevaba mucho tiempo despierta. A su lado había unos cuantos frutos y un cuenco con agua que le había traído Liara.
—Casi no he dormido —dijo cuando me vio acercarme.
—¿Estás emocionada?
—Tengo miedo.
Me senté a su lado.
—Yo también.
Me miró, desconcertada.
—¿A qué puedes tenerle miedo? Puedes volver aquí si quieres.
No respondí enseguida. Quería decirle que tenía miedo de ver a mis hijos y no poder tocarlos, pero temí que oyera en mis palabras una petición para que renunciara a su lugar.
—No sé cómo me sentiré cuando lleguemos —dije al fin.
Bajó la mirada hacia sus manos.
—Yo tampoco.
Guardamos silencio un rato.
El viento movía las ramas sobre nosotras y la luz plateada cambiaba con cada movimiento. Intenté recordar cuándo había sido la última vez que me senté así junto a alguien, sin prisa por ir a otro sitio. En el mundo humano siempre había algo pendiente. Aquí, en un lugar donde el tiempo se comportaba de maneras que no comprendía, lo que más me costaba era precisamente esperar.
Liara apareció por el sendero que conducía a la estación. Tenía el rostro serio, pero caminaba deprisa.
—Naama ha conseguido ponerse en contacto con nosotras —dijo—. Ha revisado el mapa de los pasajes. Hay una posible manera de llegar al mundo humano sin pasar por la antigua red de recuerdos.
La mujer se levantó de inmediato, demasiado deprisa. Se apoyó en el tronco hasta que se le pasó el mareo.
—¿Cuándo podemos irnos?
—Todavía no. Naama tiene que comprobar que el pasaje pueda transportar un cuerpo vivo, no solo la conciencia.
—¿Cuánto tardará?
—No lo sabe.
Vi cómo la decepción cruzaba su rostro.
—¿Y qué pasa con el tiempo? —pregunté—. ¿Ha conseguido calcular cuánto tiempo ha pasado en la Tierra?
—Sus cálculos indican que solo han pasado unos días, quizá tres. Pero advirtió que la diferencia entre los mundos no es constante. No lo sabremos con certeza hasta que lleguemos.
Tres días.
Intenté imaginar a mis hijos después de pasar tres días sin que su madre volviera a casa. ¿Me habrían buscado? ¿Habrían llamado a todos los que me conocían? ¿Habría encontrado alguien el lugar donde desaparecí?
La mujer me miró.
—Si de verdad solo han pasado tres días, quizá aún pueda explicar algo.
—¿Qué vas a explicar? —pregunté.
Abrió la boca, pero no encontró respuesta.
Al cabo de un rato, Naama volvió a ponerse en contacto con nosotras.
Su voz salió de una pequeña pantalla que Liara llevaba consigo. En ella vi los contornos del taller, los estantes abarrotados y el cabello de Naama, recogido sin cuidado.
—He encontrado un pasaje antiguo —dijo—. No está conectado a la red de los siete vínculos, así que el fallo de la estación de vigilancia no debería afectarlo. Pero hay otro problema.
La mujer se acercó a la pantalla.
—¿Qué problema?
—El pasaje lleva mucho tiempo sin activarse. He revisado su estructura y parece estable, pero no puedo garantizar que no haya una desviación en el punto de salida.
—¿De qué magnitud? —preguntó Liara.
—Podrían ser unos metros. O más. Por eso quiero abrir primero un pasaje corto y comprobar las condiciones del otro lado.
—¿Y si no se abre? —preguntó la mujer.
Naama hizo una pausa.
—Encontraremos otra manera.
La mujer apartó la mirada.
—Sé que intentas ayudar —dijo en voz baja—. Pero me cuesta oír una y otra vez que quizá lo consigamos.
Naama la miró desde la pantalla.
—Lo entiendo. Por eso no te pediré que entres en el pasaje hasta que sepa que es lo más seguro posible.
Volvió a su trabajo, y Liara propuso que aprovecháramos la espera para descansar.
La mujer no quería descansar.
Dio vueltas alrededor del árbol, se detenía, se sentaba y volvía a levantarse. Una vez me pidió que le contara cómo había llegado a la Ciudad de las Conciencias. En otra ocasión me preguntó si había visto un mundo donde los seres humanos pudieran vivir sin envejecer.
Respondí lo mejor que pude.
Pero sabía que esas no eran las preguntas que de verdad la inquietaban.
Hacia el mediodía se sentó a mi lado.
—¿Crees que están enfadados conmigo?
—¿Quiénes?
—Los niños.
La miré.
—Seguro que tienen miedo.
—Lo sé. Pero quizá piensen que los abandoné.
—Cuando llegues, podrás explicarles que no tenías intención de desaparecer.
—¿Y si me preguntan dónde estuve?
Miré hacia el árbol.
—Tendremos que contarles algo que podamos sostener.
Soltó una risa breve y sin alegría.
—¿Qué les diremos? ¿Que comí un fruto, salí de mi cuerpo y ahora hay dos de mí?
No pude evitar sonreír.
—Quizá no empecemos por ahí.
Me miró y, por un instante, también sonrió.
Al atardecer llegó la confirmación.
Pero no antes de que el pasaje fallara dos veces.
En el primer intento, entre los árboles se abrió una abertura estrecha que se fue ensanchando hasta que la luz que contenía se deformó. Naama la cerró de inmediato.
En el segundo intento, consiguió pasar por ella una piedra pequeña marcada con un símbolo luminoso. La piedra reapareció en la pantalla que llevaba en la mano, pero el símbolo estaba partido.
—No es lo bastante estable —dijo.
La mujer estaba a mi lado, con las manos fuertemente entrelazadas.
—¿Qué significa eso?
—Que el pasaje puede transportar materia, pero el camino aún no es continuo. Si lo cruza un cuerpo vivo, no tengo manera de saber qué le ocurrirá.
El miedo en el rostro de la mujer se convirtió en rabia.
—Entonces quizá todo esto fue una mala idea.
—No —dijo Naama—. Significa que hay que reparar el camino.
Le pidió a Liara que colocara tres marcas alrededor de los árboles, a distancias exactas unas de otras. Luego cambió la dirección de la luz que fluía entre ellas.
En el tercer intento, la abertura se mantuvo estable.
Naama pasó por ella una rama fresca y, después, un recipiente pequeño con agua. Ambos regresaron sin cambios visibles. Comprobó el aire, la temperatura y las condiciones del terreno al otro lado.
Solo entonces levantó la cabeza.
—Podemos intentarlo.
—¿Estás segura? —pregunté.
—Estoy segura de que las pruebas que he hecho han salido bien. Eso no significa que no haya riesgos, pero por ahora nada indica que el pasaje dañe la materia viva.
La mujer me miró.
—Quiero ir.
Miré a Liara.
—¿Y si algo sale mal?
—Pasaré primero —dijo—. Si veo que el pasaje no es estable, volveré antes de que ella entre.
Nos quedamos junto al árbol por última vez antes de partir.
La mujer tocó el tronco.
—No sé si debería darle las gracias o enfadarme con él —dijo.
—Quizá ambas cosas —respondí.
Alzó la cabeza hacia las ramas.
—Solo quiero recuperar mi vida.
No hubo respuesta.
El pasaje se abrió entre dos árboles, donde al principio el aire parecía una fina capa de agua estancada.
Liara entró primero. Desapareció por un instante y luego su voz nos llegó desde el otro lado.
—El camino está abierto.
La mujer me tomó de la mano.
—¿Vienes?
—Sí.
Entramos juntas.
No sentí la misma expansión de la conciencia que había acompañado mis viajes anteriores. Esta vez todo era más limitado y preciso. La luz a nuestro alrededor cambió rápidamente, y la mujer apretó mi mano.
Oí su respiración.
Y luego los latidos de su corazón.
Por un instante temí que la antigua red de recuerdos hubiera vuelto a activarse, pero no aparecieron imágenes ni sentí pensamientos que no fueran míos. Solo su contacto y el esfuerzo del cuerpo por pasar de un lugar a otro.
Un momento después, el suelo se estabilizó bajo sus pies.
El aire se llenó de un olor familiar.
Tierra húmeda. Hojas. Flores.
Y algo más que no había sentido desde que dejé el mundo humano.
Una brisa cálida.
Estábamos en el borde del huerto.
La mujer alzó la cabeza y respiró hondo.
—Estamos aquí.
Lo dijo casi en un susurro.
A lo lejos se oyó el ruido de un coche.
Después, el ladrido de un perro.
Eran sonidos tan sencillos y, sin embargo, me llenaron de una emoción que no pude contener.
Miré el sendero familiar.
Los árboles seguían en su sitio. La tierra tenía el aspecto que recordaba. Hasta la gran piedra en la que solía sentarme seguía donde estaba.
Por un instante, pareció que no había pasado el tiempo.
Entonces la mujer echó a andar.
Al llegar a la carretera, se detuvo junto al buzón.
Lo tocó como si necesitara asegurarse de que era real.
—Recuerdo la última vez que estuve aquí —dijo—. Pensé que volvería después del paseo.
Miré la casa que se veía al otro lado de los árboles.
—Yo también.
Liara se quedó un poco rezagada. Había permanecido callada desde que salimos del pasaje, como si comprendiera que aquel no era su lugar.
La mujer sacó el teléfono del bolsillo de su ropa.
Seguía en el bolsillo de la ropa que llevaba puesta cuando llegó al huerto.
No me había fijado antes. Estaba apagado y la pantalla estaba cubierta de pequeños arañazos.
Pulsó el botón.
No pasó nada.
—Se quedó sin batería —dijo.
—Ya comprobaremos la hora en casa —propuse.
Asintió, pero no se movió.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Tengo miedo de abrir la puerta.
—Hace un momento querías entrar corriendo.
—Y todavía quiero.
Miró las ventanas.
—Pero mientras siga aquí, puedo imaginar que todo está exactamente como antes.
Miré la casa.
Yo también temía descubrir que había cambiado.
La puerta estaba cerrada con llave.
La mujer alargó la mano hacia el lugar donde solía guardar la llave, pero se detuvo.
—No la tengo.
Tocó el timbre.
Dentro de la casa sonó un timbre familiar.
Por un instante no pasó nada.
Después oímos unos pasos.
La puerta se abrió.
En el umbral apareció uno de los niños.
Miró a la mujer, se quedó paralizado y luego gritó:
—¡Mamá!
Se lanzó hacia ella con tanta fuerza que casi la hizo perder el equilibrio.
Ella lo rodeó con los brazos y rompió a llorar.
—Estoy aquí —dijo—. Estoy aquí, cariño.
Me quedé a su lado.
Quería abrazarlo.
Me acerqué y extendí la mano, pero él no me vio. Mis dedos le atravesaron el hombro sin que notara nada.
Retrocedí, sobresaltada.
Recordé cómo había tomado la mano de la mujer en la estación de vigilancia. Allí el contacto entre nosotras había sido real. También al cruzar el pasaje de vuelta a casa había sentido su mano dentro de la mía.
Pero cuando me acerqué a mi hijo, nada detuvo mis dedos.
Miré a Liara.
Ella reparó en mi mirada.
—No nos ven —dijo en voz baja—. En este mundo, la mayoría de los seres humanos no pueden percibir conciencias que no estén ligadas a un cuerpo.
—Pero ella me ve. Y también puede tocarme.
Liara miró a la mujer.
—Puede que los recuerdos que compartís permitan una conexión que no existe entre tú y los demás. No sé qué la mantiene exactamente.
No pregunté más.
Mi hijo seguía abrazado a la mujer.
—¿Dónde estabas? —preguntó—. ¡Te buscamos por todas partes!
—Lo sé. Lo siento.
—¿Por qué no llamaste?
—No pude.
—Pensamos que te había pasado algo.
Ella lo abrazó con más fuerza.
—Lo sé.
Oí más pasos.
La casa se llenó de voces.
Otro niño apareció en el pasillo y luego la tercera. Se detuvieron un momento, como si no pudieran creer lo que veían, y luego corrieron hacia ella.
Ella se arrodilló y los tres la rodearon.
Vi cómo sus manos pasaban del pelo de uno al rostro de otro. La vi besarlos una y otra vez, intentando responder a sus preguntas mientras lloraba.
Conocía el olor de su pelo, la manera de abrazar de cada uno, sus voces cuando se emocionaban.
Pero esta vez no sentí nada de eso.
Podía ver el amor.
No podía tocarlo.
Mi pareja apareció detrás de los niños.
Se detuvo en la entrada del pasillo.
Por un instante no dijo nada.
Tenía la cara pálida, y sus ojos recorrieron el rostro de la mujer como si buscara una señal que explicara su desaparición.
—¿Dónde estabas? —preguntó al fin.
Ella se incorporó despacio.
—Sé que estaban preocupados.
—¿Preocupados?
Le tembló la voz.
—No sabíamos si estabas viva. Llamamos a los hospitales. Avisamos a la policía. Te buscaron por la zona donde saliste a caminar.
Ella intentó acercarse a él, pero él se quedó donde estaba.
—Lo siento.
—Tres días —dijo—. Tres días sin ninguna señal.
Tres días.
Naama tenía razón.
Sentí un alivio tan grande que casi olvidé el dolor que se interponía entre nosotros.
En casa solo habían pasado tres días.
Pero la mujer no parecía aliviada.
—Sé que ahora no tengo manera de explicarlo —dijo—, pero no los abandoné por voluntad propia.
Él la miró largo rato.
Luego se acercó y la abrazó.
Ella cerró los ojos y apoyó la cabeza en su hombro.
Me quedé frente a ellos.
Recordaba ese abrazo.
El calor, el peso de sus brazos, la sensación de seguridad que a veces me daba.
Y ahora lo veía abrazarla a ella.
Las horas siguientes transcurrieron dentro de la casa, entre preguntas, lágrimas y conversaciones que no conducían a ninguna respuesta clara.
Mi pareja llamó para avisar que la habían encontrado, y lo oí responder una y otra vez a las mismas preguntas. Uno de los niños quiso saber si la policía vendría a hablar con ella. Otro quería enseñarle todos los mensajes que le había enviado al teléfono mientras estuvo desaparecida.
La mujer pidió ducharse y cambiarse de ropa.
Uno de los niños no quería separarse de ella ni un momento.
—Solo voy a la habitación —le dijo.
—¿Prometes que no volverás a desaparecer?
Ella se detuvo.
—Ahora estoy aquí.
—Pero ¿lo prometes?
Se arrodilló frente a él.
—No tengo intención de irme a ninguna parte.
Él la miró un momento más y luego accedió a soltarle la mano.
La seguí por el pasillo.
Liara se quedó en el salón, observando la casa con curiosidad cautelosa. Los miembros de la familia no repararon en ella, igual que tampoco reparaban en mí.
La mujer entró en el dormitorio y cerró la puerta.
Me quedé junto a la ventana mientras se cambiaba.
Abrió el armario, sacó una camisa familiar y se la acercó a la cara.
—Había olvidado lo bien que huele la ropa limpia —dijo.
Sonreí.
—¿Sabes cuántas veces me quejé de la colada?
—Me acuerdo.
Dejó la camisa sobre la cama.
—Qué raro. Ahora daría cualquier cosa por tener otro día normal. Incluso un día de lavadoras y platos.
Miré la habitación.
Casi nada había cambiado.
El libro que estaba junto a la cama seguía abierto por la misma página. En la mesilla había un vaso de agua. Uno de los cajones estaba entreabierto.
La mujer se sentó en el borde de la cama.
—¿Crees que debería contárselo?
—¿El qué?
—Lo de ti. Lo que pasó.
Pensé en la cara de mi pareja cuando la miró en la puerta de casa.
—No sé cómo reaccionará.
—Yo tampoco.
Se pasó las manos por la cara.
—Ni siquiera sé cómo explicármelo a mí misma.
Me senté frente a ella.
—Quizá no tengas que explicarlo todo hoy.
—Pero me lo preguntará.
—Entonces dile lo que sabes.
Me miró.
—¿Y qué sé?
No tenía una respuesta sencilla.
Por la noche nos sentamos en la cocina.
Los niños ya se habían calmado un poco, pero cada vez que su madre salía de la habitación, uno de ellos la llamaba.
Mi pareja le preparó algo de comer.
La vi sentada a la mesa, sujetando un vaso de agua con ambas manos.
Parecía cansada.
Él se sentó frente a ella.
—Tienes que contarme qué pasó.
Ella lo miró.
—Lo sé.
—Entonces empieza por el principio.
Guardó silencio un momento.
—Salí a caminar. Llegué a un lugar que no conocía. Luego pasó algo que todavía no entiendo.
Él esperó.
—¿Y después?
—Recuerdo que estaba junto a un árbol. Luego todo se volvió oscuro. Cuando desperté, no sabía cuánto tiempo había pasado.
Él la miró.
—¿Alguien te hizo daño?
—No. Al menos, no que yo recuerde.
—Tienes que ir al médico.
Ella asintió.
—Lo sé.
—Mañana.
—De acuerdo.
La vi aceptar sin discutir.
Yo habría discutido.
Habría intentado explicar por qué no hacía falta apresurarse, por qué convenía esperar, por qué conocía mi propio cuerpo.
Ella solo dijo «de acuerdo».
Estuve a punto de decirle que no prometiera nada antes de saber cómo estaba, pero me detuve.
Era ella quien tendría que entrar en la consulta, responder a las preguntas y afrontar las consecuencias.
Más tarde salí al jardín.
Liara estaba junto a uno de los árboles, mirando el cielo.
—Es un mundo hermoso —dijo.
—Sí.
—Es muy distinto de los lugares donde hemos estado.
—Lo sé.
Miró hacia la casa.
—Estás callada.
—Hay muchas cosas que intento entender.
—¿Te arrepientes de haber vuelto?
—No.
Respondí demasiado deprisa.
Liara esperó.
—Me alegra que estén bien —continué—. Me alegra que ella haya vuelto con ellos. Pero me cuesta verlo.
—¿Porque los echas de menos?
—Sí. Y también porque siento que alguien sigue viviendo mi vida sin mí.
Liara me miró.
—Pero ella no es una desconocida.
—Lo sé.
—Y tampoco eres tú.
La miré.
—¿Qué quieres decir?
—Compartís el pasado, pero desde que os separasteis, cada una ha vivido cosas que la otra no ha vivido.
Miré la ventana iluminada.
—Lo entiendo cuando hablamos de mundos y de conciencias. Me cuesta mucho más entenderlo cuando la veo sentada en mi cocina.
Liara no intentó convencerme de lo contrario.
Nos quedamos juntas en silencio.
Cuando volví a la casa, la mujer estaba sola en el dormitorio.
Estaba sentada en la cama, aún vestida con la ropa que había sacado del armario, y miraba una foto familiar que había sobre la mesilla.
—Se han dormido —dijo.
—Sí.
—Él ha ido a comprobar otra vez que las puertas estén cerradas.
Me senté a su lado.
—¿Cómo te sientes?
—Como si hubiera vuelto de un sueño demasiado largo.
Pasó un dedo por el marco de la foto.
—Cuando los vi hoy, pensé que me iba a desmayar. Temía no recordar cómo abrazarlos.
—Pero lo recordaste.
—Sí.
Sonrió un poco.
—El cuerpo se acordaba.
Miré sus manos.
—Lo vi.
Levantó la mirada hacia mí.
—Tuvo que ser duro para ti.
Me sorprendió.
Hasta entonces habíamos hablado sobre todo de su miedo, de su deseo de volver y de su derecho a seguir con su vida. No esperaba que también viera mi dolor.
—Sí —dije.
Guardó silencio un momento.
—No quiero que pienses que intento quitarte algo.
—No lo pienso.
—Pero sé que se siente así.
Miré la foto.
Los tres niños sonreían a la cámara. Recordaba el día en que se tomó la foto, la ropa que llevábamos y lo que ocurrió justo antes de que alguien pulsara el botón.
Ella también lo recordaba.
—Quizá las dos hayamos perdido algo —dije.
—Puede ser.
Se reclinó hacia atrás.
—No puedo pensar en eso ahora.
—No tienes por qué.
Cerró los ojos.
—¿Piensas quedarte aquí?
La pregunta me sorprendió.
—¿Quieres que me quede?
Se lo pensó un momento.
«No lo sé. Por un lado, me siento menos sola cuando estás aquí. Por otro, a veces me parece que me miras esperando a que haga algo mal».
Sus palabras dolieron porque eran verdad.
«Me esforzaré por no hacerlo».
«Lo sé».
Me miró.
«Pero no puedes estar a mi lado toda la vida».
No respondí.
Extendió la mano hacia la fotografía y la devolvió a su sitio.
«Tienes que continuar tu viaje».
«¿Y tú?»
«Tengo que intentar volver a mi vida».
Me quedé en la habitación incluso después de que se quedara dormida.
Escuché su respiración.
Era tranquila y regular, y cada vez que se movía en sueños oía el crujido de las sábanas.
Recordaba perfectamente esa sensación. El colchón bajo el cuerpo, la almohada, el momento en que el cansancio vence a los pensamientos.
Por un instante, incluso extrañé la incomodidad de una noche demasiado calurosa.
Me acerqué a la ventana.
Afuera se veían las luces familiares de la calle. Un coche pasó lentamente y, después, se hizo el silencio.
La casa estaba llena de vida.
Los niños dormían en sus habitaciones. Mi pareja estaba al otro lado de la puerta. La mujer dormía en la cama que yo conocía.
Y yo estaba allí, viéndolo todo, pero no pertenecía a ese orden de cosas.
Oí unos pasos pequeños en el pasillo.
Uno de los niños se había despertado.
Se detuvo junto a la puerta y llamó en voz baja:
«¿Mamá?»
Me di la vuelta de inmediato.
El movimiento fue más rápido que el pensamiento.
Quería responderle.
Quería decirle que estaba allí, que podía volver a dormirse, que todo estaba bien.
Pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, la mujer abrió los ojos.
«Estoy aquí, cariño», dijo.
Se levantó de la cama y se acercó a él.
Lo vi envolver sus brazos alrededor de su cintura.
Le acarició la cabeza y lo llevó de vuelta a su habitación.
Me quedé de pie en el pasillo.
Durante todo este tiempo había buscado el camino hacia la eternidad, hacia los lugares donde el tiempo no gobierna la vida como yo la conocía.
Y ahora, en mi casa, había escuchado a mi hijo llamar a su madre.
Ambas lo habíamos oído.
Pero solo una de nosotras podía abrazarlo.
Final del capítulo dieciocho
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